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ISSN 1989-4163

NUMERO 08 - DICIEMBRE 2009

 

Mi Sabor en tu Boca

Stefany da Costa

Mi nombre es Malina Gallardo, y estoy apunto de ser devorada.
A su favor he de decir, que jamás una boca como la suya y unos dientes como aquellos me habían dado tanto placer. A mi favor diré que nunca tuve cordura para medir los límites entre la razón y el deseo. Así era mi historia con Julián y no podía existir otro fin.
   
Siempre pensé que si Julián había sido concebido en una cocina, era lógico que ese fuera el lugar donde mejor se sintiera.  Su mundo no estuvo lleno de amistades, juegos de niños, amores locos, sino de especies, ollas abolladas, sabores, paladares.

Cuando lo conocí tenía 27 años, su cuerpo, grande, robusto como un tronco, me invitaba al peligro, su piel morena, siempre satinada por el aceite de oliva, me provocaba como el más rico chocolate, se me hacía agua la boca al verlo. Él parecía seco, yo humedecía al verlo.

La primera vez que lo vi, a penas divisé su torso desnudo por entre aquella puerta roída que daba a la cocina del lugar. Esa simple visión bastó para enloquecerme.  Me hice asidua fantasma en aquel bar de carretera, cada tarde, cada día, bajo la lluvia o el sol, allí estaba yo, como muñeca olvidada, en la misma mesa, a la misma hora, frente aquella puerta.

La primera vez que hablamos, él lamía de su brazo la salsa que recién había preparado. Llovía, hacia frío, pero igual allí estaba él, con su torso desnudo, cocinando, como cada tarde. Yo había aprovechado un descuido del camarero para colarme por la puerta. Dichosa puerta, cómplice de mis delirios lujuriosos, que aquella tarde se había abierto para mi como granada insinuosa de sus carnes.

Conversamos, no sé cómo, me contó cosas, no sé cuáles, la única imagen que retengo clara de aquella tarde es él con un vaquero azul oscuro manchado de harina, su torso descubierto, corpulento, delineado, atlético; su rostro sombrío, triste, sus rasgos achinados, casi indígenas, su cabellera larga, sujetada con una cola baja, su boca dibujando una semi sonrisa, mientras su lengua jugueteaba con su brazo lleno de salsa, roja como mi deseo, jugosa como mi interior.

Todo el lugar olía a pimienta, a asado, a frutas rojas, pero sus besos - lo descubriría dos visitas más tarde- sabían a sal, sus caricias a naranja dulce. Divino contraste de aquel hombre que jugaba conmigo como lo hacía con los postres, que amaba cocinar sin camisa porque decía que el mejor plato es la piel, y que buscaba desde niño el sabor más puro de la vida.

Fui su plato un centenar de veces. Me alimentó con las más ricos manjares por semanas.  Montada sobre aquella mesa de acero fría que le servía de sostén a sus ricas preparaciones, en medio de aquella cocina de bar, manchada por la grasa de los años y los insectos muertos, debajo de ollas, platos, embudos y demás utensilios que, guindados desde el techo, fueron testigos de nuestras tardes, yo Malina, la mujer solitaria de su familia, a la que le decían “pobrecilla es que ya está pasadita en años para el amor” encontré lo que ningún hombre jamás me pudo dar.

Nunca supe que pasaba realmente por su cabeza, cuales eran sus sueños, ilusiones o esperanzas, sin embargo no me extrañó cuando, aquella noche, me dijo:

––Me gustaría comerte.

––Siempre lo haces cariño– le respondí yo. Es increíble que a mi edad no me canse de sus juegos de niño.

––No– repuso– así no, comerte de verdad, probar tus carnes, tu sabor verdadero, quiero comerte.

Su expresión de niño me conmovió, pero su mirada sería me demostró el hombre que desde su interior me dominaba. Lo entiendo, tantos habían sido los sabores que su boca había degustado en estos años, tantos platos e inventos que desde niño había logrado en esa misma cocina, y aun así jamás había alcanzado el sabor sublime de lo que él llamaba la vida.

Los segundos que tardé en contestar me parecieron eternos, confieso que los pro y contras de dicha acción se dibujaron en mi mente al instante y me sorprendió la naturalidad con la que asumí el tema. 

Lo amo, si alguna vez en mi vida debo de usar realmente esa palabra es ahora, lo amo, es por eso que me encuentro aquí, si igual mi vida no tiene sentido, y sin él volveré a ser un fantasma taciturno, no hay razón por la cual complacerlo, y morir en su boca no sea el mejor fin que pueda darle a mi vida.

Mi nombre es Malina Gallardo, y estoy apunto de ser devorada. Julián  está afilando un cuchillo en la parte trasera de la cocina, me ha jurado que no me dolerá. 

Si tú, que lees esta carta ahora, eres el que encuentra mi cuerpo, o lo que quede de él, debo decirte a su favor que lo amo, y al mío que ahora estoy segura que nací para diluirme en él....  

 
 

Carlos Santos

Foto: Carlos Santos

 

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